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En el caso de los niños, las conductas autodestructivas se presentan con mayor frecuencia como “accidentes” (contusiones, fracturas, heridas, caídas, quemaduras, intoxicaciones). No porque el niño se haya caído una vez signifique que se quiere provocar un daño, pero hay que considerar la conducta autodestructiva cuando los niños se accidentan de manera frecuente. Otra forma de autoagredirse puede ser golpearse la cabeza, los codos, las piernas, morderse, arrancarse el pelo, arañarse la cara o presentar trastornos en la conducta alimenticia, como anorexia. Aunque en el fondo de este tipo de situaciones puede haber una depresión, ésta puede estar enmascarada, es decir, el niño puede mostrarse hiperactivo, irritable, con cambios bruscos en su estado de ánimo, desobediente, haciendo berrinches e, incluso, puede desarrollar algún tipo de fobia, puede tener dificultades escolares o jugar con objetos no adecuados, por ejemplo, con fuego o ponerse en situaciones de riesgo. Frente a ello, lo importante es que como papás estemos atentos a cualquier cambio de actitud o comportamiento de los niños, ya que son signos de alerta que pueden detectarse a tiempo.
En los niños, el concepto de muerte es algo reversible, “desean matarse pero no morir” (pues el concepto de muerte se comprende alrededor de los 8 u 11 años). Puede ser que la conducta autodestructiva sea motivada por un temor a un castigo inminente, por reproches, por una mala acción o como el deseo de reunirse con un ser querido ya fallecido. Así mismo, estas conductas pueden estar sirviéndole al niño como un medio para controlar su ansiedad, a través del dolor físico o como una forma de autocastigo por sentirse culpable, por temor al fracaso, por extremas presiones respecto a sus estudios o por vergüenza, o por sentimientos de inadaptación y dependencia. Por ejemplo, un niño puede morderse las manos de manera compulsiva, hasta llegar a sangrar. En este caso, el niño no sabe por qué se muerde, pero siente cierto placer al hacerlo. En el fondo, puede ser que ese niño perciba su entorno como muy exigente y sienta que no puede con las expectativas de los padres, es por ello que trata de “castigarse“ mordiéndose las manos, esto es, coloca su angustia en algo externo, por ejemplo, el regaño de papá por sacar malas calificaciones.
Pero ¿por qué se dan estas conductas? Puede ser por varios motivos, uno de ellos es que el niño sea o esté muy ansioso, hiperactivo, agresivo (tendríamos que analizar el motivo de estos estados de manera independiente) o bien, puede ser por influencia social: por tratar de pertenecer a un grupo que les dé identidad y por eso imitan (como las tribus urbanas), o por “ser como” las modelos, por ejemplo, y la tendencia sea algún trastorno alimenticio. Otro factor puede ser que la familia esté pasando por un periodo de cambio, esto es, un cambio de casa, un cambio de escuela, el embarazo de mamá o la muerte de un ser querido. Las conductas autodestructivas se presentan, con mayor frecuencia, en familias desunidas, afectivamente ausentes, con poca comunicación con el niño o donde hay violencia intrafamiliar y rechazo de manera sutil y encubierta hacia el niño, donde, en ocasiones, puede haber “descuidos” (por ejemplo dejar envases de limpiadores a la mano del niño pequeño y éste lo tome) pues con frecuencia el niño actúa los deseos inconscientes de los padres.
La carencia de amor genera sentimientos agresivos contra los papás, pero como eso genera culpa, el niño vuelca esa agresión contra sí mismo. En este sentido, tendríamos que ver por qué el niño presenta un deterioro en su autocuidado y tiende a la autodestrucción. Posiblemente sea porque hubo perturbaciones en su desarrollo temprano, esto es, percibir el medio como carente de afecto, falto de cuidado por parte de los padres, lo que trae como consecuencia una incapacidad para el autocuidado, y esto conduce a una percepción de sí mismo como alguien no querido o no merecedor del amor de los demás por “ser malo”.
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